"El silencio de los árbitros" por Gaspar Rosety.

18.12.2009 12:00

Durante estas últimas jornadas se han disputado varios partidos de gran interés en la 1ª División, y sin embargo, apenas nadie ha calificado la gran actuación que han tenido los trencillas en dichos encuentros (Ej. Caso de nuestro único árbitro navarro en la categoría, Undiano Mallenco, en el Barça-Real Madrid), si no que, se ha criticado a cielo abierto los poco fallos que se han cometido.

Por eso, esta semana el director de los medios de la Real Federación Española de Fútbol, Don Gaspas Rosety, ha analizado la situación de los árbitros españoles, los cuales están expuestos a feroces críticas. A continuación os ponemos el texto íntegro publicado también en la web de dicha feredación.

El ataque a los árbitros, la cruzada contra aquellos que tienen que decidir en décimas de segundos lo que otros juzgamos recreándonos en decenas de repeticiones en el DVD, es un recurso pobre y manido, en el que todos hemos caído alguna vez. Sin embargo, no deja de resultar curioso, a la par que molesto, que se agudicen esos ataques, esas críticas, esas feroces garras de la pluma o la palabra en virtud de qué equipos intervengan, quién sea el presuntamente perjudicado o favorecido y, por supuesto, quién sea el árbitro. Estas condiciones, en sí mismas, delatan el argumento del interés de parte y renuncian a la independencia y a la objetividad en el juicio. No es igual que jueguen los grandes a que lo hagan los más modestos.  

Asistimos a la aplicación más rigurosa del mensaje que reza “el fin justifica los medios” y siempre se puede encontrar un motivo para crucificar a quienes menos opciones de defensa poseen. Una cuestión es la descripción ponderada de hechos objetivos y la emisión libre de opiniones y otra, de muy distinto calado, la creación de un ambiente de agresividad que conduce exclusivamente a la violencia y que asienta sus fundamentos sobre falsedades interesadas.

Cuando se predispone al espectador contra la labor del árbitro, se contribuye a elevar el grado belicoso y el clima agresivo. Ello nos conduce inexorablemente al estado violento. Sin ser violencia lo que genera el deporte, sí es violento lo que la sociedad, mediante la intervención de un sector de conductas atrabiliarias, aporta a los recintos deportivos. Una cosa es discrepar y otra alterar el orden intelectual del espectador con opiniones desmedidas basadas en hechos sin certeza acreditada. ¿Cuál es la verdadera razón? Que se usa el escudo pobre del árbitro para intentar eliminar la tarea del dirigente, sea éste del estamento que sea. El arbitraje siempre ha sido una excusa fácil para asediar a los directivos que han sido colocados previamente en la diana por intereses particulares o de empresa. El árbitro es un medio para conseguir el fin. Desde el punto de vista humano, estaríamos ante una conducta censurable. Sin embargo, quienes la practican son aquellos que con más frecuencia se disfrazan de santos, aunque ya dice el refrán que el hábito no hace al monje.

El fútbol se harta de desmontar con datos objetivos, los resultados entre otros, e incluso las mismas imágenes de televisión, estas campañas extemporáneas, más propias de los años ochenta o noventa del pasado siglo que de las primeros lustros del  XXI, a cuyas puertas llamamos, y deja en mal lugar a quienes las generan y alientan con el único y exclusivo objetivo de dañar a terceros, creyendo equivocadamente que así se ganan  el favor de lectores, oyentes o espectadores y, en consecuencia, el aumento de su negocio. Lamentablemente, a esta guerra, el árbitro, el juez técnico y disciplinario del juego, sólo puede responder con el silencio. Sus enemigos, lejos de poner en marcha un espíritu de diálogo, sólo utilizan el púlpito que tanto condenaban en aquellos que ya lo usaban hace más de veinte años.  Es la única manera de conseguir los objetivos que se proponen aunque por el camino tengan que atropellar a seres inocentes cuyo único pecado ha sido caer fuera de los deseos de quienes pretenden manipular la realidad de las cosas.  

Los árbitros se equivocan tanto o menos que los futbolistas. Sin embargo, es mejor recibido elogiar al ídolo que falla que aplaudir al juez que acierta. Una contradicción que merecería una seria y profunda reflexión ética por parte de quienes están encargados de mediar entre la realidad y el ciudadano. Porque insinuar que alguien adultera una competición mediante presiones sobre los árbitros está imputando, sin valentía para decirlo, la comisión del más grave delito que pueda producirse en una competición. Y qué curioso, sólo se adultera cuando gana el otro equipo y el tuyo queda segundo.

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