Los insultos en el fútbol.

04.05.2017 16:30

Manuel Osorio, vocal de Formación y Relaciones Sociales del Comité Navarro de Árbitros de Fútbol (CNAF), ha realizado esta semana una interesante reflexión acerca de los insultos en el fútbol, la cual os la publicamos a continuación de forma íntegra.

 

Los hábitos cambian, no siempre a mejor, pero es evidente que cambian. Situaciones que parecían más o menos normales, o hasta cierto punto permitidas, pasan en poco tiempo a resultar socialmente incorrectas o inaceptables. Valga como ejemplo el hábito de fumar en bares y restaurantes. Parecía un derecho adquirido e irrenunciable e ir contra él podía significar el fin del negocio hostelero. Sin embargo, se legisló en contra y en poco tiempo, de mejor o peor grado, todos tuvimos que acostumbrarnos. Se acabó el purico de toda la vida en el bar de la esquina. Ir al fútbol a insultar al árbitro o a los jugadores del equipo contrario parecía también parte del espectáculo. Cómo iban a impedir ese “derecho”. Más que suficiente era con no pegarles, ¿no? Sin embargo, la sociedad cambia, no tolera insultos xenófobos ni machistas y que un árbitro o un jugador sea mujer o negro no nos da patente para decirle la primera burrada que se nos venga a la boca. Es lo que hay. Podría pensarse que hay que seleccionar cuidadosamente y buscar un árbitro autóctono y varón y a ese sí, con ese abrimos la veda y nos desahogamos. Pues parece que no, que tampoco. Hasta es posible que nuestro juego pueda iniciar, al fin, un proceso higiénico de limpieza. Se plantea, seguramente con buena intención, la injusticia que puede suponer el castigo colectivo a un club por el acto que cometen unos pocos de sus aficionados. Algo hay de eso, pero todos sabemos que los clubes, si quieren, tienen sobradas herramientas para controlar a sus aficionados. Seguro que sí, hay que intentarlo. Comentando estas ideas en un grupo de aficionados surge la frase que me desarma: “Está muy bien eso que dices de no maltratar a los árbitros, pero, ¿y si lo hacen mal?”. Es claro que queda mucho trabajo, no es fácil cambiar los malos hábitos de tantos años. Cuando afloraba la desilusión y el desánimo sobre los frutos del trabajo en las aulas, un compañero, veterano y sabio, siempre decía: “Tú predica que algo queda”. Pues eso.